Sala de torturas

Tras introducir la secuencia correcta, un sonido de mecanismos ocultos inunda el aire y un trozo de pared se desplaza hacia la derecha, revelando un pasadizo.

—Bien pensado —te felicita tu maestro.

Entráis en el túnel y camináis un corto trecho. La iluminación tenue del pasillo no llega hasta el final del mismo y os veis obligados a caminar con la única ayuda de vuestras antorchas, hasta que llegáis a una cámara.

—No parece un sitio muy apropiado para conservar un documento —susurras.

Echas un vistazo alrededor. El ambiente es lóbrego, las paredes rezuman humedad y hace frío, aunque no estás seguro de que los escalofríos que sientes sean por esa razón. Junto a ti, sobre una mesa de herramientas aún hay diversos instrumentos cuya utilidad no te atreves a adivinar. Reconoces algunos aparatos de los que ves: un potro de tormento, un descoyuntador, una cámara inundable y una jaula de clavos, entre otros que no aciertas a identificar.

—La cámara de torturas —susurra tu maestro, solemne.

Intentas ponerte en el lugar de un prisionero. No puedes ni imaginar de qué atrocidades habrán sido testigos estos muros.

—Fíjate en estos grilletes —te dice tu maestro—. Los calentaban al fuego hasta que se ponían al rojo vivo, y entonces engrilletaban a los prisioneros con ellos.

No sabes si es sugestión, pero te parece oír los gritos de los desgraciados. Es en ese momento cuando reparas en algo que debió funcionar como horno. Te acercas a investigar y remueves las cenizas que aún siguen allí.

—¿Qué esperas, encontrar algún hueso? No digas que no te lo advertí —te regaña el maestro.

Súbitamente, notáis una conmoción en el aire. Un siseo que cada vez se hace más fuerte viene del centro de la sala. Allí observáis espantados cómo un flujo luminoso va tomando la aterradora forma de un espectro.

—¡Es el torturador! —grita tu maestro fuera de sí—. ¡Salgamos de aquí!

Tú te quedas inmóvil, contemplando la horrible criatura. Aunque estás aterrorizado, eres incapaz de reaccionar. Una vez que el fantasma se ha materializado frente a vosotros, comienza a hablar con voz gutural, como si viniese de las profundidades del infierno:

 

«Mortal que habéis entrado en este vil lugar
mostrad ahora ante mí que sois digno de avanzar,
si pronunciáis mi nombre habréis de continuar,
si no, vendréis conmigo para la eternidad.»


El torturador